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lunes, 26 de febrero de 2018

El destete: ¿duelo o comienzo de una nueva etapa?

Muchas madres, una vez instaurada y llevada a cabo una lactancia larga y satisfactoria con sus hij@s, acuden a nuestros encuentros para preguntar cómo hacer para que ésta termine porque creen que ya ha durado lo suficiente, porque el pecho les hace daño, porque las noches entre toma y toma se han vuelto insoportables, o simplemente porque para ellas ha llegado el momento de pasar página y empezar a disfrutar de sus pequeñ@s sin teta mediante. Por esto hemos decidido desde nuestra asociación dedicar una serie de artículos de nuestro blog al tema del destete, un momento de separación a veces duro para las madres y l@s niñ@s pero que, sin embargo, puede volverse tierno y satisfactorio para la pareja madre-bebé. Hemos decidido recopilar algunas de nuestras experiencias personales con el destete para ofrecer versiones de cómo llevarlo a cabo y, sobre todo, para quitar miedos y proporcionar confianza a las madres que deciden dar este paso. No pretendemos ofrecer modelos a seguir sino reflejar diferentes experiencias de diferentes mujeres, quizás te reconozcas en alguna.


El destete de Markel y Ágata

Markel no tenía ni un añito y medio cuando me quedé embarazada de Ágata, y seguía tomando teta. Había oído hablar del amamantamiento en tándem pero no me veía, me parecía demasiado darle el pecho a dos niños a la vez, y los últimos meses de embarazo - Markel tenía dos años y tres meses - lo confirmaron: mis pezones se habían vuelto hipersensibles, me dolían mucho y empezaba a sufrir lo que solemos llamar "agitación por amamantamiento", una sensación de rechazo que tenemos algunas mujeres cuando nuestros hij@s maman. Entendí que había llegado nuestro momento. El fin de nuestra simbiosis física más animal. Me dio pena pero para mí estaba claro: había llegado el momento de destetarle.

Siendo mi primer hijo, creí que iba a ser imposible. La teta era para Markel el primer consuelo y no se dormía sin ella. Sin embargo, el aumento del volumen de mi barriga dificultaba nuestra unión y notaba que él también empezaba a sentirse incómodo: quizás una primera señal del comienzo de nuestra separación.

Decidí hablar con él con sinceridad. Con 2 años los niños entienden mucho más de lo que creemos. Le dije que cuando mamaba me hacía mucho daño. Al principio pareció no entenderlo, pero la decisión estaba tomada y seguí en mi línea. Ya no había más teta porque a mamá le hacía daño.
La desesperación y los llantos duraron una semana o algo más: me parecía imposible que fuese a funcionar pero mi determinación era tanta que no cedí, y empecé a buscar otras formas de dormirle y calmarle. Lo intenté con masajes, con caricias en el pelo… nada parecía funcionar. Sin embargo un día, a la hora de la siesta, apoyó su cabecita en mi pecho y cayó rendido. La cabeza recostada en mi pecho: ésa fue nuestra solución. Ahí era donde él se sentía seguro y conseguía relajarse con el calor y el olor de su madre, y así cayó rendido en los brazos de Morfeo.

Como un reloj, a los dos años y 3 meses de vida de mi segunda hija Ágata, la agitación por amamantamiento volvió a visitarme y otra vez experimenté esa sensación de no querer que llegue el momento de mamar, de querer retrasarlo cada vez más, de no querer amamantar en público, de necesitar mi espacio y de que las tomas fueran cada vez más cortas.

Mis lactancias, que en total sumaron casi 5 años, se habían acabado. ¿Un duelo? En mi caso no tanto. Habían sido dos lactancias extremadamente satisfactorias, mis hijos estaban sanos y felices y sentía que iba a poder disfrutar de ellos de otras maneras, sin teta mediante.

Y así tomé la decisión con Ágata también. Esta vez los pechos no me dolían como durante el embarazo, así que decidí decirle algo diferente. Pero, ¿cómo explicarle a tu hija de una forma que no le duela que ya no hay teta para ella, que ya no se la quieres ofrecer? ¿Qué mensaje podría asimilar siendo tan pequeñita? 

Le dije que la leche se había acabado, que se la había tomado enterita y que ya no salía. Le dije que cada bebé cuando nace tiene una cantidad de leche que se toma hasta que se vuelve más mayor, y que cuando esta se acaba tiene que comer otras cosas. Unas mentirijillas piadosas a la altura de sus dos añitos.

Al principio no pareció estar conforme. Se volvía literalmente loca, gritando y casi pegándome. Por suerte, en los últimos meses fuimos acotando las tomas solo a los momentos de dormir; fuera de casa ya no tomaba teta y en casa, cuando me la pedía, intentaba distraerla con alguna otra cosa. Pero dormir sin teta...no había forma. Otra vez a buscar soluciones... ¿La siesta de la tarde? En coche. ¿Antiético, antinatural, antiecológico, antiergonómico y antiniño? Pues sí, pero o eso, o a partir de las 3 de la tarde empezaba la locura debida a su extremo cansancio. ¿Y por la noche? Pues poco a poco fuimos encontrando formas de dormir...la que más nos gustó fue en la cama con su hermanito y yo en el medio, los tres acurrucados bajo la manta después de leer unos cuentos. Nos costó unos días adaptarnos pero funcionó y me sorprendí de cómo empecé a disfrutar de ella de otras maneras.

Volví a sentirme poderosa. El pecho había supuesto para mí el empoderamiento máximo después del parto porque en sus primeros años de vida les proporcionaba a mis hijos todo lo que necesitaban: alimento, cariño, consuelo, amor, calor, contacto piel con piel. Sin embargo, ahora se trataba de un poder distinto, porque ya mis hijos no me identificaban solo con la teta: ahora yo era también pelo, pecho, brazos, manos, piernas y podía solucionar las cosas con caricias, besos, tiritas, abrazos, risas y palabras.

Se cerró para nosotros una época preciosa y se abrió otra nueva e igual de maravillosa.  

Marta Parisi

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