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lunes, 2 de agosto de 2021

1-7 de agosto 2021: Semana Mundial de la Lactancia Materna

Del 1 al 7 de agosto se celebra en más de 170 países la Semana Mundial de la Lactancia Materna y por eso nos ha apetecido compartir con todas y todos vosotros la experiencia de una compañera, para que, una vez más, le demos a la lactancia materna el lugar que se merece.❤️




«Cuando tomé la decisión de alimentar a mi bebé con el pecho y me preguntaban "¿por qué?", repetía siempre “porque es lo mejor”, como un mantra que se repetía en mi cabeza una y otra vez, como si en realidad, en el fondo, hubiera algo que me decía "no importa si lo alimentas de otra manera". Y, madre mía, no podía estar más equivocada. 

Claro que no pasa nada, el asunto no es lo que pasa, sino más bien, lo que deja de pasar. Lo que te pierdes cuando no das el pecho es mucho mayor que lo que ganas. Pierdes noches en vela durante horas, pierdes dolor de muñecas de cargar al bebé, pierdes dolor en el pecho a causa de la ingurgitación, pierdes la posibilidad de poder hacer algo con los dos brazos al mismo tiempo, pierdes la sensación de que tus pechos ya no forman parte de tu sexualidad, pierdes literalmente gotas de leche allá por donde pasas.
 
Pero es que, aunque todo parezca malo, hay que ser claras y decir que también pierdes momentos de conexión con tu bebé que sólo quien amamanta puede entender, pierdes las miradas infinitas que tu bebé te dedica cuando mama y, en mitad de la mirada, deja de comer para sonreírte y dejar escapar la última gota de leche que salió de tu pecho por la comisura de sus labios, pierdes la capacidad de empoderarte al dar y mantener vida con tu propio cuerpo, sin necesitar nada más, pierdes el consuelo, ya que tenemos la falsa creencia de que nosotras les consolamos a ellos... ¡ay, pero si no hay nada más consolador que te busquen cuando no entienden el mundo y necesitan amor! Pierdes la oportunidad de vivir junto con tú bebé cada minuto de su vida, de su crecimiento, de su evolución. Es tanto lo que pierdes, que no merece la pena ni siquiera mencionar lo que ganas».

¡Feliz Semana Mundial de la Lactancia Materna!
Annia González Horta

viernes, 19 de febrero de 2021

Viiolencia obstétrica, otra violencia contra las mujeres



Se acerca el 8 de marzo, Día de la Mujer, que se empezó celebrando como de la Mujer Trabajadora para reivindicar el trabajo femenino fuera del hogar pero que, una vez normalizado éste, parece que dejaba fuera a las mujeres que trabajan en el hogar o las que están en paro, es decir, las que trabajan un montón pero no cobran un sueldo. En los últimos años hacemos además alusión en este Día a la tremenda violencia que se ejerce sobre las mujeres y al alarmante número de ellas que son asesinadas por sus parejas o exparejas. Afortunadamente nos vamos sensibilizando cada vez más sobre la discriminación y violencia hacia la mujer aunque todavía debemos seguir haciéndonos preguntas.


¿Qué es la violencia? A menudo, aún se cae en el error de pensar que la violencia es un daño físico que se le hace a otra persona, algo que deja marca en el cuerpo y, si no la deja (un cachete, un empujón…), la actitud se mantiene por debajo de los estándares de la misma, o sea, algo tolerable. Pero igual o más dañina es aquella que no deja marca visible aparentemente, que la deja en nuestro interior (emociones y psique), como pueden ser burlas, menosprecio, insultos, palabras hirientes...


¿Hacia quién va dirigida la violencia? Siempre hacia el ser más débil o vulnerable, hacia aquella persona que por su condición o situación no puede defenderse de forma eficaz. Por eso sobre todo se ejerce en animales, niñas, niños, personas de edad, mujeres, y gente a nuestro cargo.


¿Quién la ejerce? Es ejercida por hombres, mujeres e instituciones. También por niños y niñas que reproducen lo que ven a su alrededor o lo que ello/as mismo/as están sufriendo. Pensemos que venimos de una sociedad basada en la violencia y que nuestra psique y nuestra cultura están impregnadas por ella, por eso no es tan fácil de erradicar. Así que nos encontramos con esa actitud en multitud de ámbitos: doméstico, educativo, laboral, sanitario… ámbitos todos ellos en los que la mujer es especial víctima por la forma machista de considerarla a través de la historia.


Así que, si todavía hay quien se resiste a aceptar que una gran cantidad de mujeres son maltratadas en sus propios hogares, aún cuesta más aceptar que en lugares tan asépticos e instruidos como puede ser un hospital, también se ejerza violencia sobre nosotras. Lo que pasa es que tenemos tan integrado el mal trato que parece que, mientras no corra la sangre, todo es normal.


La violencia obstétrica se ejerce sobre la mujer que está embarazada o ya de parto, post parto, o también durante un tratamiento de fertilidad, o en una pérdida gestacional, momentos en los que se encuentra en una situación extrema de vulnerabilidad tanto física como mental y emocional. Y se produce cuando se le falta al respeto con comentarios jocosos, se la ridiculiza, se la trata como a una niña sin conocimiento, se quita importancia a lo que siente, no se la informa, no se le dan opciones, no se la deja decidir libremente, o se le obliga a hacer algo que no quiere.


Algunas de mis experiencias directas:


...cuando en mi primer parto la matrona no me dejaba mover y se sentaba encima de una sábana que me envolvía para mantenerme quieta


...cuando tuve que aguantar que, mientras yo dilataba, ella narrase la enfermedad y muerte de su marido a mi acompañante


...cuando me pegaba azotes en los muslos para que no gritara


cuando no respetó que dejase de latir el cordón, como habíamos pactado


...cuando en el ingreso de mi segundo bebé en neonatos por un neumotorax no me dejaban estar con ella ni probar a amamantarla


...cuando durante la cesárea de mi tercer bebé estaban hablando entre del fin de semana y de ir o no ir a la playa


...cuando al aceptar que me pusieran música para no tener que oírlos, me pusieron los 40 Principales


cuando durante la cesárea comenté que me estaba doliendo el estómago y me dijeron que eso era psicológico (al poco rato vomité)


y tantos otros detalles que no voy a desglosar aquí.


Cuéntanos tu caso. Todo esto ocurrió hace ya unas décadas, por lo que puede parecer que lo sucedido es algo de tiempos pasados y que ya no ocurren cosas parecidas, por eso os emplazo a que nos contéis vuestros casos pues, a pesar de los cambios en el protocolo de partos, la violencia se sigue produciendo muchas veces, como vimos en 2019 con el sonado caso del “parto de Oviedo”, en el que la policía se presentó en casa de una mujer que estaba ya de parto para obligarla a parir en el hospital. Porque sólo sacando a la luz nuestras experiencias y nuestro rechazo a ese trato podremos sensibilizar a más gente y conseguir que esto no se siga viendo como algo normal. Solo contándolo podremos conseguir que estas conductas acaben.


Para terminar os dejo dos links: uno en el que la psiquiatra Ibone Olza nos informa de las secuelas de la violencia obstétrica  y un video en el que se entrevista a la matrona Paula Camarós sobre el tema.

 

Isabel Gutiérrez del Campo

viernes, 14 de agosto de 2020

Ángela escribe en la Semana Mundial de Lactancia Materna


Aunque ya haya pasado la Semana de la lactancia materna , no es tarde para poner mi granito de arena por la causa. Salimos en el mes de Agosto del calendario de La Buena Leche, a la que estoy muy agradecida, y a Regazo Fotografia . Si hay algo de lo que me sienta orgullosa como madre y como profesional , es de amamantar y ayudar a que otras madres amamanten. Porque dar la teta no siempre es fácil, señores, ni tiene por qué ser una experiencia religiosa como la viven algunas. La lactancia, lo mismo que la maternidad es una acto de generosidad, de entrega, pensado en lo mejor para un hijo, no como algo que nos realice como personas, o porque nos llena mucho, o porque así nos adueñamos del fruto de nuestro vientre. Bien cierto es que, como resultado de esa entrega, uno recibe más de lo que da. Por eso defiendo que la #lactanciamaterna, no es una opción, es lo que hay que hacer, y hay que ayudar a las madres a que lo hagan. Comenzando por una buena formación preparto, a mí juicio escasa, que presentan la lactancia muchas veces como algo que no es y que a veces hace que muchas madres no quieran o se sientan frustradas si no lo consiguen. Esto no va de ideales, de ser más o menos hippies, de enseñar la teta a todas horas porque es lo más natural o de sentirse más cómoda dándolo en soledad. Trata de lo mejor para un hijo, de fisiología, de sentido común, y de preparación a la maternidad y a la crianza. 
 
He dado muuucha teta y me gusta taparme cuando lo hago, en público uso un pañuelo o un delantal. En esta foto estaba recién operada a corazón abierto, mi hijo tenía dos meses y jamás me planteé destetarlo. Preparé un banco de leche sus dos primeros meses y la semana que estuve ingresada me lo saqué incluso en la UCI. En verdad, todo fue muy normal. En cuanto llegué a mi casa y vi a mi hijo, la leche me volvió a subir, y eso que me abrieron el pecho... Podría no haber funcionado y no habría pasado nada, pero no por ello iba a dejar de intentarlo. Dar el pecho en mi recuperación cardiaca me curó también el corazón de otro modo. Tal y como he dicho antes, hacer el bien que lleva dar la vida, pensando en el bien de mi hijo, me dió la vida a mí. #lactanciasinmitos #sialavida de
 
Ángela Díaz de la Campa

sábado, 23 de febrero de 2019

Lágrimas de leche artificial

Hoy te he tenido frente a mí. Hoy has acudido en busca de respuestas. Hoy he sentido que tú, con cualquier nombre y procedente de cualquier lugar, eras reflejo de lo que algunas mujeres sienten y me he sentido estremecer.

Hoy he podido observar cómo brotaban las lágrimas por tu cara. Cómo se deslizaban por tu rostro transmitiendo tristeza sin mediar palabra. Y tu gesto, lleno de dolor. De ése dolor que lastima por dentro, luchando contra esa angustia que amarra cada palabra anclándola en cada intento de llanto ahogado.

Hoy he podido intuir en tus palabras y en tu voz quebrada, a través de cada mirada traspasándome mientras vomitabas tus sentimientos, que nadie te dijo que tus pechos no solo son proveedores de leche y no solo son fuente de alimento.

Hoy he podido sentir en mis entrañas cómo cada biberón de leche artificial que le das a tu hijo es un arañazo a tu ego de madre. Hoy he sentido impotencia cuando dudabas de tu capacidad para ser la madre de tu hijo, cuando me contabas que te sentías madre sólo a medias. Ése hijo que has gestado y has parido tú y sólo tú, en un parto duro y demoledor física y anímicamente. Un parto que aún hoy ha dejado secuelas en ti.

He podido atisbar entre todas las sombras que oscurecen tu día, que la luz sigue en ti pero algo no la deja brillar. Y por eso hoy quiero decirte algo...

No te castigues por llorar. Deja que cada lágrima fluya y arrastre consigo esa culpa injusta que te empuja sin piedad hacia el fondo. Piensa en esas lágrimas como en una liberación, déjalas brotar, déjalas atrás. Date permiso y deja florecer las emociones, indaga en ti y perdónate porque es condición humana. Libérate de esas cadenas y comprende que tus pechos no sólo son fuente de leche.

Tus pechos son calor, tus pechos son protección, tus pechos son abrigo y calma. 


No te castigues por flaquear, por precisar sostén. No ocultes tu duelo, y vívelo, porque de él renacerás. No te sientas madre a medias, porque madre ya eras antes de engendrar. Desde el mismo momento en que algo despertó en ti el sentimiento de traer un nuevo ser a este mundo. No dejes que el hecho de querer secar tus pechos te castigue y te persiga, porque sólo tú sabes qué hay detrás de eso.

No te lastimes más y arranca ese sentimiento de culpa y pesar. Ama a tu hijo y siente cada instante que pasas con él como si fuerais los dos únicos seres del mundo, porque realmente lo sois. Sois vosotros los que estáis ahí y ahora. Al margen del alimento que le brindes así es. Porque lo que realmente necesita es que te despojes de esa culpa y respires cada momento.

Porque tus pechos no solo son proveedores de leche. Tus pechos son calor, tus pechos son protección, tus pechos son abrigo y calma. Sólo una mínima parte de ti y del camino que os queda por recorrer juntos. 


Verónica Saseta

lunes, 12 de marzo de 2018

De banda sonora, un sacaleches (segunda parte)


(Puedes leer la primera parte aquí)

Por fin, el día en el que pudiera poner a mi hija al pecho otra vez, había llegado. Con cables y monitores de por medio aún, pero pegaditas la una a la otra. Estábamos avanzando y el momento de normalizar estaba poco a poco llegando. En la siguiente toma le ofrecí primero el pecho y apenas succionó. Sin embargo el biberón lo terminó rápidamente, como siempre. Me vine abajo. Un sentimiento de frustración enorme me invadió. Recuerdo que lloré mucho aquel día.

Compartí aquellas emociones con algunas amigas y pronto me devolvieron a la realidad. Enseguida volví a poner los pies en la tierra. Y aunque con sentimientos ambivalentes, empecé a repetirme a mí misma que si había mujeres que podían inducirse lactancias, si había madres de grandes prematuros que lograban amamantar con total éxito a esos grandes luchadores, ¿por qué yo no iba a poder lograr una lactancia satisfactoria con mi pequeña? Tenía conocimientos, conocía las herramientas que podía poner en marcha. Las valoré y puse en práctica todas ellas en mi cabeza. Y sí, afortunadamente no tuve que poner en práctica ninguna de ellas. La siguiente vez que puse a la niña al pecho se aferró a él perfectamente. Necesité corregir un poco el agarre pero la succión era enérgica y potente.

Hoy sé que esa negatividad era fruto también de toda la vorágine de emociones que estaba viviendo en aquel momento. Hoy sé que a otra mujer en mi situación le hubiera dicho que respetara sus tiempos y los de su bebé, que estaba en el buen camino, que el hecho de que no hubiera querido succionar la primera vez podía deberse a muchas cosas y que todo era posible con paciencia. Pero qué fácil es hablar cuando las rozaduras del zapato las sufre otro, quien los calza, ¿verdad? Esta experiencia también me ha ayudado a ser más paciente, más empática de lo que podía haber sido hasta ese momento. Porque la teoría es muy fácil, pero cuando se mezclan las emociones todo se complica.

A los trece días de ingreso y después de comprobar que la niña ganaba peso y mojaba pañales correctamente, le retiraron el suplemento de leche materna en biberón y pasamos a lactancia materna exclusiva directamente al pecho. Quince días después del ingreso recibimos el alta.

Muchas veces se me pasó por la cabeza el pensamiento de que lo único que quería era que mi hija viviera. La lactancia era secundaria en ese momento por muy importante que fuera para mí. Me cortaría la leche si era necesario, le daría lo que fuera si eso hacía que saliera adelante... ¡Qué de cosas piensa una cuando está en crisis! Sin embargo sé que si ese mismo comentario lo hubiera recibido de terceras personas, no sé cómo lo hubiera encajado. No era eso lo que necesitaba escuchar. Nunca, nunca, jamás le digas a una madre que desea amamantar que no pasa nada por darle un biberón. Porque no es eso lo que necesita escuchar. Valida sus emociones, porque es realmente lo que necesita. Nada más.

Ahora mismo mi hija tiene 9 meses. No acepta tetinas de ningún tipo, ni nada que se le parezca. No quiere chupete. Siempre he creído que su experiencia en los primeros días ha tenido mucho que ver con esto. Ahora que me acabo de reincorporar a mi puesto de trabajo, hemos tenido que buscar otras formas, diferentes a las habituales, para que en la escuela infantil le ofrezcan mi leche extraída. Se la dan en un vasito de aprendizaje. Sólo así ha aceptado tomarla. Seguimos felices y disfrutándonos. Superando poco a poco los miedos y sabiendo que esta experiencia nos ha hecho más fuertes y nos ha cambiado la vida en muchos aspectos.

Cuando supe que se ponía en marcha por fin el banco de leche humana en Cantabria, tuve claro que quería colaborar. Para mí esta experiencia como donante ha sido y sigue siendo una forma de sanarme, de devolver todo el bien que mi hija, mi familia y yo hemos recibido. Y lo hacemos intentando ayudar a otros bebés cuyas mamás no han podido hacerlo. Es increíble la cercanía, el mimo y la rigurosidad con la que es tratado cada mililitro de leche donada y la maravillosa labor que se lleva a cabo con ella. Y aunque no sé muy bien por qué y la relación que tiene esta labor con mi experiencia, lo cierto es que me ayuda a ir cerrando algunas heridas.

Quiero aprovechar, aunque no sé si les llegarán estas palabras alguna día, para agradecer a todo el equipo de profesionales del área de neonatología del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla por el trato cercano y humano que nos brindaron. Por la paciencia que tuvieron con nosotros, por cada sonrisa y por cada palabra de aliento. También por todo lo que facilitó las cosas el hecho de ser unidad de puertas abiertas, sobre todo para nuestra salud mental... Y en especial dar las gracias a Estíbaliz Alegría, neonatóloga encargada de mi hija. GRACIAS por tu cercanía, por demostrar a cada momento el cariño y la pasión que le pones a tu trabajo, por sacar a esos pequeños y pequeñas luchadoras adelante.

Verónica Saseta

domingo, 21 de enero de 2018

De banda sonora, un sacaleches


Estuve 39 semanas preparando la llegada de mi hija. 39 semanas preparándome mentalmente para traer a mi hija al mundo de la manera más natural y respetuosa posible, leyendo y trabajándome emocional y físicamente para la llegada de ese maravilloso momento. 

Con algunos matices, lógicamente, pero el recuerdo que mantengo de ese instante es irrepetible. Sentir a mi hija sobre mi pecho recién salida de mis entrañas. Aún recubierta por la vérmix, encogidita, y haciendo pequeños ruiditos, moviéndose sobre mí, oliéndonos y poniendo en juego los instintos más primarios. Conociendo a alguien que ya conoces...

Pero a veces, cuando estás viviendo uno de los sueños más dulces, ocurre que pasan cosas para las que nadie te prepara, y cuando tu hija apenas cuenta con 48 horas de vida, ésta es ingresada en una UCI neonatal. Y es entonces cuando el mundo se te hace trizas. 

Mi hija entraba en apnea. Sencillamente dejaba de respirar. Como desconocían el origen de esos episodios, decidieron retirarle cualquier tipo de alimento. No puedo explicar con palabras lo que sentía en aquellos momentos. El miedo, la incertidumbre, el DOLOR, el cansancio, la culpa, la rabia. Mi hija lloraba reclamando alimento y yo con mis pechos llenos sólo podía decirle que tenía que tener paciencia... Que no había venido a este mundo para esto, que la vida no era esto. Que todo era circunstancial, temporal. Pero lo cierto es que no tenía ni idea de lo que iba a ocurrir. Toda llena de cables y monitores por todas partes que ni el calor de mis brazos podía brindarle. 

Pregunté si podían facilitarme algo para extraerme leche y enseguida me entregaron mi "kit de extracciones". Me acompañaron hasta la sala de lactancia, y allí estaba yo. Sola. Con los ojos llenos de lágrimas y pensando si tenía sentido. Acompañada por unas luces blancas cegadoras y un silencio sepulcral de madrugada. Recuerdo que mientras las gotas de calostro iban saliendo, fui abandonando poco a poco todos los grupos de Waths app con un audio de despedida. Decía adiós. Pedía que se respetara mi silencio y mis tiempos. No alcancé a extraer más de 10 ó 20 mililitros de calostro, que se perdían en aquel bote transparente que me habían facilitado para su almacenaje.

... Y así fui yendo y viniendo por aquel silencioso pasillo rigurasomente cada tres horas. Aquel se había convertido en mi momento de soledad. No recuerdo todas las veces que lloré. Todas las veces que soñé los mil posibles finales de aquella historia mientras el sacaleches bombeaba mis pechos. 

Casi sin darme cuenta aquellos anecdóticos 10 ó 20 mililitros de líquido amarillento que al principio se perdían en aquellos botes de recogida de leche, se fueron convirtiendo en un líquido blanco y más abundante. A lo largo de los días siguientes decidí llevar mi propio sacaleches. Probé diferentes tallas de embudo: Inicialmente la 30, la 27, la 24... Hasta que me di cuenta que las extracciones eran muchísimo más eficaces con la intermedia. 

Y cada tres horas la misma operación. De día y de noche... Masaje en los pechos... Extractor en marcha... Otro bote más a entregar para congelar. ¿Serviría finalmente para algo aquella leche? ¿Serviría para algo aquel trabajo de instauración y mantenimiento "artificial" de mi producción de leche? Al octavo día de ingreso contabilicé las cantidades extraídas a lo largo de todo el día. Algo que no había hecho hasta entonces no sé muy bien por qué... Superaban los 800 mililitros. ¿Era mucho? ¿Era suficiente? Parece ser que sí lo era. 

Nos dieron por fin la noticia. La niña tenía que empezar a comer de nuevo. Aquel trabajo no había sido en vano... Ponerla al pecho tendría aún que esperar de momento, pero la niña no podía estar eternamente a base de suero y sin alimentarse. Necesitaban comprobar la cantidad de leche que ingería y si ésta le causaba algún tipo de reacción, por lo que las primeras tomas serían en biberón y el alimento se introduciría muy lenta y paulatinamente. 10 mililitros tomó la primera vez. 10... Y no puedo olvidar la cara de éxtasis en el rostro de mi hija. Apenas 4 ó 5 succiones necesitó para terminarlos, pero no cabe duda de que le supieron a gloria...

Tras varios días en los que no hubo ningún tipo de reacción adversa me propusieron ponerla al pecho primero y luego ofrecerle el biberón con mi leche extraída. Ni los conocimientos que tenía, ni la experiencia que he ido adquiriendo asesorando a otras madres, me sirvió para ahuyentar todas mis dudas y los miedos que de repente volvieron a  taladrarme la cabeza. 

[Continuará]

Verónica Saseta

martes, 14 de marzo de 2017

El testimonio de una madre nos enorgullece y confirma la importancia de nuestra red. ¡Gracias, Susana!


Cuáles son las expectativas que tenemos y cuál es la realidad que a veces nos encontramos. Cómo el hecho de encontrar una red de apoyo madre a madre, el intercambio de experiencias y la empatía pueden marcar la diferencia y darnos la energía necesaria para continuar y aprender que todo es mucho más sencillo cuando se vive en compañía. 

Hoy tenemos una invitada que nos relata en primera persona cómo fue su experiencia con su primera lactancia, y cómo esa experiencia previa marcó un antes y un después de su posterior lactancia. 

"Al final del embarazo de mi primera hija, una amiga también embarazada me invitó a acudir a una de las reuniones de La Buena Leche. Yo tenía claro que quería amamantar, pero nunca hubiese imaginado lo desconectadas que estamos a nivel social de este acto, y por ello, las dificultades con las que nos podemos encontrar, por lo que acudí, como quien dice, a pasar la tarde. 

En una sola reunión conseguí la información necesaria, gracias a lo que escuché de las mujeres que allí se encontraban, y a un libro sobre lactancia que allí me regalaron, para que mi lactancia no fuera un fracaso. 

Cuando nació mi hija, después de un parto hospitalario intervenido sin mi permiso, del que salí con la sensación de haber sido violada, las mujeres de mi entorno, con toda su buena intención, y su falta de información, como la que yo tenía, como la que había en ese momento para la mayoría de las mujeres, me decían: "¿pero otra vez le das el pecho? Si aún no han pasado tres horas...", "Llevas más de diez minutos en el mismo pecho", "Según llora a la teta, la estás malacostumbrando"..., y otras perlas que me hicieron dudar de que estaba haciéndolo bien. 

Puffff... Qué malos momentos... Cuánta inseguridad... ¿Las mujeres de mi familia, que me quieren, tendrían razón y estoy criando mal a mi bebé?... Me leí y releí el libro sobre lactancia y allí encontré mi seguridad. Doble trabajo, encontrar esa seguridad y defenderla ante mi entorno... Agotadora ya de por sí que es la lactancia, sobre todo la nocturna y siendo primeriza, y encima, en lucha. 

La lactancia fue un éxito, lactancia exclusiva durante seis u ocho meses, bebé sanota y fuerte y espabilada, continuación de la lactancia hasta los dos años... Eso sí, todo ello teñido de una profunda soledad en muchos aspectos, uno de ellos la lactancia. Fue también una oportunidad de conocerme, de fortalecerme, de sanarme, de confiar en mí, en mi cuerpo, en mi intuición... Fue un gran aprendizaje, gracias al cual, como a otras experiencias de mi vida, todas las experiencias de mi vida en realidad, soy la mujer que soy.

Nunca dejaré de agradecer a todas las mujeres de esta asociación el papel tan revelador que tuvieron en ese momento de mi vida. Sin ellas, algo que era tan importante para mí, no hubiera sido posible. 

Gracias una vez más.

Gracias a mi pareja, que estuvo en todos los malos momentos a mi lado, TODOS, aguantando la vela, con todos mis miedos e inseguridades. Y los suyos. Y no era fácil estar conmigo en esos momentos de crisis, cansancio y sí, también dolor, mucho dolor. Él también lo hizo posible. Su confianza en mí y su apoyo fue fundamental.

La lactancia de mi segundo hijo, ocho años después, fue todo lo contrario. Facil, muy fácil. Está claro que yo ya tenía experiencia en dar la teta, ocho años más, muchas heridas curadas, otro momento vital, un parto en casa totalmente orgánico... 

Pero también es cierto que a nivel social la lactancia es mucho más habitual y hay mucha más información que hace doce años. Hemos avanzado. 

Enhorabuena a todas las mujeres y hombres que han participado en este cambio.

Susana Bolado."

Muchas gracias por compartir tu experiencia con nosotras y por tus palabras, Susana.

martes, 6 de diciembre de 2016

LA SOLEDAD DE LAS MADRES



   Escribo desde el puerperio de mi segunda maternidad, invadida por las hormonas, por la reciente herida de un parto que no fue lo que esperábamos, por el cansancio del trasnoche atendiendo a mi bebé y, al mismo tiempo rebosante de amor y felicidad, y de una extraña tristeza. Es un sentimiento de vacío, como de un hueco que espera ser ocupado por algo que no acaba de llegar. 

   Miro a mi alrededor y la casa me parece una leonera. Hay una lavadora por tender, platos en el fregadero, algunos restos de la cena de anoche que dejamos sin recoger en la urgencia de irnos a la cama derrotados por los quehaceres diarios suplicando para que las niñas no tardaran mucho en dormirse. Sobre todo porque Hermana Mayor madruga para ir al colegio y le cuesta lo suyo arrancar por las mañanas.

   Cuando suena el despertador a las 7.45 papá ya se ha levantado y empieza a preparar los desayunos y vestirse para ir al trabajo. Las chicas nos desperezamos, y Hermana Mayor se va levantando a desayunar mientras Hermana Pequeña toma su ración de teta mañanera. La primera hora de la mañana se llena de pasos, de idas y venidas, de vasos de leche, colonia, y cepillos de dientes. Cuando Papá y Hermana Mayor salen por la puerta, tras el portazo se oye un silencio sepulcral y comienza mi día en soledad. 

   En esta ocasión, esta sensación agridulce del posparto no me coge desprevenida: las molestias del desgarro en el periné, la congestión de leche en los pechos, el cansancio acumulado, el día a día sin horarios con tu bebé en brazos, tratando de poner algo de orden en la casa si el recién nacido nos da una tregua y tratando de comer algo de vez en cuando, casi siempre frío y a deshoras. El silencio y la soledad.

   He de  decir que  en este puerperio he superado mi umbral de tolerancia a la frustración. Miro las pelusas de la casa con indiferencia, me importa menos esperar a la noche para darme una ducha, llevo mejor eso  de comer algo rápido de pie en la cocina y la Soledad, así con mayúsculas, duele menos. Mientras buceo en ella, me hundo a ratos,  y salgo a flote, me da por pensar en esta gran paradoja con la que convivimos en esta era, en la que las madres de hoy en día maternamos en urbes donde la densidad de población casi llega al hacinamiento, encontrándonos al mismo tiempo tan aisladas, sin apoyos, sin sostén. Sin tribu. Y tienes una familia grande, y buenos amigos, y vives en un edificio y en un barrio lleno de vecinos, pero nos han enseñado que la maternidad se ejerce sola, porque tú decidiste tener a ese hijo, así que te toca apechugar. Y lo harás. Pero sobrevivirás a ello, probablemente con poca ayuda o ninguna y bajo el ojo vigilante y el juicio despiadado de toda una sociedad que te observa expectante a ver cuánto tardas en cagarla.

   Seguramente muchos considerarán que en las próximas 16 semanas de permiso de maternidad estarás de vacaciones, y tendrás tiempo de sobra para ocuparte de todo, porque eso es lo que deben hacer  las madres mientras crían y educan a sus hijos: tener la casa como una patena, la ropa limpia y planchada, la nevera llena de comida saludable y platos perfectos y elaborados presentados en la mesa con puntualidad británica. Cuando agotes ese tiempo, tendrás que volver a tu trabajo con un sacaleches debajo del brazo y el corazón roto al verte en la encrucijada de dejar a tu bebé, tan necesitado de tu contacto y de tu cuerpo, en una guardería  al cuidado de unos  desconocidos  a cambio de un generoso pedazo de tu sueldo.  Además, habrás tenido que recuperar tu figura previa al embarazo, llevar la raya del ojo muy bien puesta, doble capa de anti-ojeras e ir vestida elegante pero informal.  Con un look que al mismo tiempo te permita sacar la teta con agilidad para calmar el llanto de tu bebé en el supermercado, en la cola del banco, al pie de los columpios en el parque o en cualquier lugar de características inverosímiles.  

   Estoy aprendiendo nuevas habilidades, eso sí: a leer cuentos y a pintar con Hermana Mayor con un brazo, mientras sostengo y doy de mamar a Hermana Pequeña con el otro, a hacer tortillas francesas en 30 segundos, a tender la ropa mientras porteo a mi bebé en un fular… A sacar energía de donde parecía que no quedaba.  A respirar hondo y reconocer que no trago más con esta cultura de la buena madre que ejerce en solitario, y que el disfraz de superwoman ni me pega, ni me entra, ni me lo quiero poner. 

   Yo prefiero seguir buscando el paraguas, el calor y el sostén de la red mullida de una tribu. De una sociedad que reconozca, dignifique, y enaltezca el valor tan incalculable de la labor de los cuidados.


Laura Torre

sábado, 5 de noviembre de 2016

MAMAR SIN BARRERAS



Un día, una mañana… un impacto…

    No creía posible que mi propia hija mayor, de casi 5 años, fuese capaz de asombrarme tanto… Si me acuerdo bien, fue un sábado. Me levanté prontito para poder asistir a una charla sobre el parto respetado. Cuando llegué, como siempre, mis peques se pusieron a jugar hasta que empezó la charla.

    Vieron que mamá se había sentado a escuchar y corrieron para amontonarse encima de mí. Hasta aquí todo iba como siempre… la peque se puso a mamar, la mayor jugueteaba por ahí y yo intentaba captar lo máximo posible de la valiosa información. 

   Y entonces fue el momento de mi impacto personal e íntimo (aquí es el lugar donde debo concretar que mi hija mayor mamó solo un mes y medio y no tiene ningún recuerdo de aquellos pocos días). A mi lado había otra mamá que, igual que yo, quería escuchar y que a la vez estaba dando el pecho a su hija de 18 meses. En aquel momento vino su hija mediana de 4 años y medio que también quería la teti“. La mamá manejaba el tándem estupendamente. Fue entonces cuando me fijé en mi niña mayor… Me estaba mirando, y en sus ojos vi mucha curiosidad y que no se atrevía a decir lo que tenía en la mente… Se acercó y dijo: "Mami, ¿puedo yo también tomar de tu tetita?" 1 segundo… 2 segundos… 3 segundos… 4… No supe cómo reaccionar… En mi corazón se juntaron sorpresa, ilusión, recuerdos… De repente volví 5 años atrás y me veía con ella en brazos, mirándola cómo mamaba… 5 segundos, 6 segundos…

    Cuando ya fui capaz de coger aire y abrir la boca, le dije que si ella de verdad quería probar de la leche de mamá, le daría encantada. Con inseguridad se sentó enfrente de mí y me miraba con sus ojos bien abiertos. Le explique cómo tenía que abrir la boquita y se puso a mamar… Fue como si tomara el pecho por primera vez en su vida… En realidad fue bastante doloroso porque ella nunca aprendió a mamar correctamente: la razón por la que de bebé tomó el pecho tan poco tiempo. Me dolía, pero no quería pararla, no quería que se sintiese mal por hacer daño a mamá… Bueno… al menos unos instantes. Después la tuve que quitar porque el dolor se volvió muy fuerte. Soltó la teta y me miró. Fue un momento un poco cómico, porque ninguna de las dos sabía muy bien cómo reaccionar… Vi la sonrisa en su cara y ¡me alegré mucho! Le pregunté que si le había gustado el sabor de la leche de mamá y me dijo que no era como su leche de vasito, pero que era dulce y que sí, le había gustado. Le pregunté por si quería intentarlo de nuevo, pero me dijo que quizás en otro momento. 

   Empecé a pensar… ¿Qué le ha provocado esta necesidad? Si no ha estado mamando mucho tiempo… ¿Será porque ha visto a la otra nena y simplemente le ha surgido la curiosidad de cómo es? ¿O será a un nivel muchísimo más profundo…? ¿En algún lugar en su cerebro se ha quedado este "vacío" al no poder a amamantarse y sufrir un destete  cuando  solo tenía 2 meses? ¿Será otro tipo de necesidad? ¿…de sentirse amada? Pensará: Como siempre mamá esta con mi hermana pequeña en la teta, puede que la quiera más que a mí…“ Fueron solo unos instantes, y cuántas preguntas han provocado. Cuánto me gustaría saber que ocurría en esta pequeña cabecita. Hasta el día de hoy no ha vuelto a pedirme más teta… creo que aquel día supo que me hacía daño y por eso no se lanza de nuevo, aunque en el fondo sí le gustaría probar de nuevo…


  Esta experiencia me marcó y cambió mi punto de vista sobre la frase "Solo los bebés necesitan tetita". Hoy en día la sociedad es demasiado cruel y cerrada en los marcos de los tabús. Si solo fuera posible que nadie te mirase raro por intentar consolar a tu hijo (que ya no es un bebé) dándole la teta… y si solo fuera posible que el mundo abriese más su mente y viese que la teta es mucho más que una forma de alimentar… Sí, sabemos que es mucho más que eso… para los bebés es casi todo lo que existe en su mundo, pero ¿y qué hay de los niños y niñas mayorcitos? ¿Solo porque ya no son pequeños deben perderse la oportunidad de conectar con su madre, de sentir ese apoyo emocional? ¿Quién dice que es suficiente consolar a tu hijo solo con un abrazo? ¡Qué injusto me parece! Si solo fuese posible amamantar sin barreras…

Victoria Mitova

miércoles, 4 de mayo de 2016

NO ES PAÍS PARA BEBÉS


Camino por las calles de mi ciudad y me asombro de los logros que poco a poco se han ido alcanzando, por parte de diversos colectivos con necesidades especiales, para hacerla más habitable: Las aceras tienen rebajes para permitir el acceso a sillas de ruedas; los pasos de cebra ahora son estriados y dejan un pequeño pasillo perpendicular para que las motos no resbalen en la pintura blanca los días de lluvia; los semáforos emiten señales acústicas para indicar el momento de cruzar a quienes no pueden ver la figurita verde; incluso, y de esto me he dado cuenta hace relativamente poco, los rebajes de las aceras llevan un tipo de baldosa diferente (coloreada y con un dibujo más marcado) cuando conducen a un paso de cebra, para dirigir a él a una persona que distinga el cambio de rugosidad con un bastón, o el cambio de tonalidad si su visión reducida le permite percibir colores.
Comprendo el trabajo que ha costado conseguir estos avances. Luchas que imagino desoídas al principio. Gente que se asocia, que se hace fuerte. Colectivos muy potentes reclamando lo que es suyo: la eliminación de barreras, la igualdad de derechos, la inclusión en todos los espacios públicos y de la sociedad. Me congratulo por ello, me alegra que las personas puedan tomar las riendas del espacio en el que viven, que su construcción se amolde a las demandas del factor humano y no al contrario, como suele ser habitual. Pero luego me detengo a pensar… ¿Y qué pasa con nosotras, las personas con hijas o hijos pequeños, que no estamos haciendo oír nuestras demandas? Es curioso, porque es esta una condición que afecta a un alto porcentaje de la población al menos una vez en la vida, pero llama la atención que, en muchos aspectos, nuestras ciudades parecen confabularse para darnos la espalda.
¿O es que nadie se ha encontrado haciendo equilibrios con un cochecito de bebé en aceras exiguas, pensadas para que solamente quepa un peatón? ¿Nadie se ha quedado con cara de póquer mirando ese símbolo de “prohibido carritos” en las rampas mecánicas que pretenden hacer más accesibles a todo el mundo las zonas de cuestas? ¿Nadie se ha sentido desolado buscando un plan alternativo a un parque infantil encharcado en un lluvioso día de invierno? ¡En una ciudad como la mía llueve una media de 180 días por año!
¿Cuándo nos hemos resignado a aceptar lo que hay? Y no me refiero a la tan traída conciliación entre familia y trabajo, que es un tema aparte y en el que queda tantísimo por hacer, pero del que al menos se habla y en el que se trata de avanzar (quizá no lo suficiente, quizá no de la manera correcta… pero esto es materia de otro artículo). No. Me refiero a lo que resulta invisible para esas políticas y es, sin embargo, el meollo mismo de la cuestión: la presencia de los más pequeños en el espacio habitado y en el día a día de la sociedad.
Parece ser que hemos admitido que solo existen un puñado de espacios destinados a ser ocupados por niños: la casa particular de cada uno, como es obvio; el colegio; los parques con columpios. En el resto de los lugares se les mirará con un cierto recelo, como pequeñas bombas de relojería, siempre amenazando con incordiar, hacer ruido y resultar molestos o directamente peligrosos: la playa, un bar, un restaurante, el mercado, la acera, no digamos el cine o cualquier acto cultural. Esto tiene ciertas consecuencias más o menos soterradas: que los niños se apartan directamente de la vida pública, que el espacio urbano se concibe desde una óptica eminentemente adulta y que, por extensión, las familias con hijos pequeños deben someterse a una especie de autorreclusión, al menos temporal, hasta que su progenie crezca, porque resultan ofensivos para la cadencia y las normas de ese espacio adultocéntrico y silencioso del que se pretende hacer norma.
Pues no. Me niego.
Yo no quiero sustraer a mis hijos su propia presencia en la vida pública. Más bien creo que la sociedad debería hacer una profunda reflexión sobre qué es lo normal y lo normativo, sobre qué estamos haciendo mal para que cada vez haya tasas de natalidad más bajas y mayor insatisfacción en las familias a la hora de conciliar su vida laboral, social y familiar. Deberíamos pensar las ciudades para todos sus habitantes. No solo para el adulto soltero, autosuficiente, bien remunerado, activo, egocéntrico y con prisas. También para la criatura que da sus primeros pasos en el mundo y no quiere tener que aprender en un libro lo que es vivir, moverse, relacionarse, conocer… ocupar su espacio vital, en definitiva. Con su idiosincrasia (a veces ruidosa, sí) y su propio ritmo.
Igual que otros colectivos con intereses comunes han luchado para que el medio urbano se acabe amoldando a ellos, y no a la inversa, creo que los padres y madres deberíamos unir nuestras fuerzas para que el hecho de criar también tenga cabida en la ciudad que estamos construyendo. Para que la maternidad/paternidad deje de ser un acontecimiento solitario, empujado a la esfera de lo privado, y vuelva a recuperar la luz de la calle, que nunca debió perder.


Minerva López



domingo, 1 de mayo de 2016

A TODAS LAS MAMÁS

A veces este blog puede parecer descuidado: olvidamos cambiar el mes, o pasa tiempo sin que pongamos una entrada. Esto se debe a que La Buena Leche está compuesta por mamás que trabajan, porque, ¿qué madre no trabaja?

Hoy es el día de las Madres y el día del Trabajador, así que nos toca celebración doble.

Felicidades...
a todas aquellas mamás que ya no saben lo que es tener tiempo para ellas, 
a todas aquellas que saben compaginar trabajo dentro y fuera de casa, 
a todas las que renunciaron a seguir cobrando un sueldo para dedicar toda su energía a acompañar amorosamente a sus hijos,
a las que empiezan y se sienten desbordadas por la situación,
a las que lo llevan con calma, serenidad y alegría,
a las que ya vieron crecer a sus hijos,
a las que los perdieron,
a las que miman a sus propias madres,
a las que regalan su escaso tiempo a labores sociales como La Buena Leche,
a las que necesitan todo su tiempo y que se les regale un poco más,
a todas, absolutamente a todas...

Felicidades por haber regalado Vida.

domingo, 21 de febrero de 2016

EMPATÍA MAMÍFERA



En mi casa tenemos una oveja. Su nombre es Rasa. Nos ayuda a mantener el césped cortito y nos acompaña en nuestra vida diaria.
Rasa y yo compartimos nuestros embarazos: ella de su cría Nerina, así bautizada por nosotros por ser totalmente negra aunque de padres blancos (tranquilidad: no por motivos de adulterio sino por cuestiones genéticas) y yo de mi segunda hija, Ágata.
Cuando a ella le faltaba poco para dar a luz y a mí todavía unos meses, la miraba por la ventana dar brincos por el prado y pensaba "ojalá tuviera yo esa agilidad con una barriga tan grande". Mientras ella hacía su vida como si nada, yo .debido a mi lumbociática y a mis kilos de más, no podía ni dar un paseo por el pueblo sin notar cómo el dolor recorría toda mi espalda y piernas.
Ambos partos fueron naturales y maravillosos. Nerina nació una noche de marzo. Me levanté por la mañana, me asomé a la ventana, y ahí, al lado de Rasa, vi una bolita negra. Al principio pensé que sería caca o alguna piedra. Pero al acercar la mirada vi que esa cosita se movía. Nadie se había enterado, fue un parto silencioso y respetado, porque sólo participaron madre y cría. Rasa todavía tenía su placenta colgando de su vagina, y se la iba comiendo poco a poco.
Mi parto fue también rápido y natural, todo lo natural que pudo ser en un entorno como el del hospital. Y respetado también: tuve la suerte de encontrarme con personal sanitario encantador. Eso sí, a mí sí se me oyó, que por poco no rompo los cristales del paritorio. Y la placenta no me la dejaron comer y yo tampoco puse mucho interés en ello.
Desde el nacimiento de Nerina nunca vi a madre e hija separadas, iban a todas partes juntas y en cuanto una perdía a la otra, enseguida te dabas cuentas por cómo balaban desesperadas. Por la noche las miraba desde la ventana de mi salón: eran una cosa sola. En la oscuridad sólo veías una bola blanca de pelo y cuatro ojos amarillos que te miraban desde la lejanía. Así dormían, una dentro de la otra, como matrioskas.
Cuando nació Ágata, durante su primer mes de vida, ella no conseguía dormir si no la rodeaba con mi brazo, pegándolo a su cabecita, como si de las paredes de un útero se tratara. Como si de mi útero se tratara. Así pasamos un buen tiempo, y a pesar de mi dolor de cuello y espalda, todavía recuerdo esa época con ternura.
Rasa y yo compartimos momentos entrañables como éstos, pero también algunas penas.
Al poco de empezar a darle el pecho a Ágata tuve una mastitis. Ella por la noche no conseguía mamar bien, mamar tumbada no le gustaba... ¡con lo que me hubiera gustado a mí para poder descansar la cabeza en la almohada! Y fue así que una noche me desperté con fiebre y un pecho enrojecido e hinchado. Mastitis. Antibióticos. Retenciones. Bultos enormes. Dolor. Agobio. Se resolvió todo unos días después gracias a la ayuda de mis compañeras de La Buena Leche, que me brindaron un apoyo de un valor inestimable.
A los cinco meses de Nerina la tuvimos que separar forzosamente de su madre porque ella empezaba a destetarse sola y a comer hierba, y nuestro prado no ofrecía alimento para padre, madre y cría juntos. De un día para otro se llevaron a Nerina a su granja de origen, dejando sola a su madre.
Rasa estuvo balando y llorando un tiempo, después asumió la separación, aparentemente sin problemas. Yo en su lugar seguiría hundida en la desesperación.
Fue entonces cuando me di cuenta de que se habían llevado a su cría sin un destete gradual sino repentino. Rasa balaba y balaba, no sé si por la separación, pero yo creo que de dolor, porque sus pechos estaban hinchados y duros y no conseguía descansar.
Me sentí otra vez identificada. Esta vez no en lo entrañable de embarazo y maternidad, sino en el dolor y el sufrimiento. Sentí una empatía nunca experimentada.
Es curioso cómo, en lugar de llamar al veterinario, lo primero que se me ocurrió fue contactar con La Buena Leche, como si de una amiga se tratara y no de una oveja.
Desde las compañeras con experiencias en ganadería además de lactancia, la respuesta fue rotunda: hay que ordeñarla día sí y día no hasta que se le sequen los pechos, en caso contrario se le podrían inflamar y podría tener una mastitis. La misma respuesta recibí del veterinario, con el que contacté después.
Y así ordeñamos a Rasa, con satisfacción tanto mía por la intuición, como suya por sentir por fin que sus pechos se vaciaban. Y mientras le sacábamos la leche, se quedó dormida.
Aquí se acabó nuestro viaje juntas por las alegrías y los dolores de la maternidad. Es una pena que no podamos compartir más: control de esfínteres, vuelta al cole, cumpleaños, carnavales, rabietas...
Aún así, me doy por satisfecha. Gracias a ella me he reafirmado en mi condición de mamífera y, como nunca, me he sentido parte de la naturaleza y del mundo animal, como creo firmemente que tiene que ser.

Marta P.



sábado, 13 de febrero de 2016

LOS PECHOS DE UNA MADRE LACTANTE


   Corro a la ducha. Voy tarde, como siempre, pero me detengo un momento frente al espejo. Ahí estoy. Soy yo. Soy la de siempre. Soy otra muy distinta. Una vida se ha gestado en mí, se ha deslizado de mí. Una personita que ya camina por el mundo se alimentó y se alimenta de mí. Me miro y me enorgullezco de mi cuerpo, porque lleva impresas las huellas de esa odisea. Las veo, no como cicatrices, sino como tatuajes; no como defectos, sino como hermosas características. Como la cartografía misma de mi historia.
   Recuerdo aquella vieja pregunta: “Pero, ¿los pechos siempre se caen con la lactancia?” Sonrío. Pienso para mí que la palabra no es caerse. La palabra es cambiar. De hecho, los pechos no es que cambien por la lactancia, sino por el embarazo en sí. Pero claro, también cambian con el tiempo, con la gravedad... existan o no embarazos de por medio. Son cuestiones mucho menos románticas pero igualmente inevitables. Sonrío de nuevo. Al menos para mí, entender ese cambio a través de mi lactancia me ha descubierto una dimensión nueva con respecto a mi cuerpo.
   Pienso en mis pechos de hace tan solo un puñado de estaciones. En el recuerdo me parecen demasiado altos, demasiado pequeños, pechos de adolescente todavía, sin entidad, sin presencia. Ahora tienen la forma y el empaque de unos pechos de mujer. Me hacen sentir adulta y, sobre todo, me deslumbra su utilidad. Antes, la corriente dominante de pensamiento en nuestra sociedad consumista occidental los había relegado a la categoría de adornos, siempre imperfectos, siempre sometidos al juicio y la aceptación estética de otros. Ahora, los contemplo como lo que son, como una maquinaria perfecta que ha desempeñado una función fascinante: nutrir, amar, conectar, consolar, tranquilizar, comunicar... Son el cordón umbilical que me une con mi bebé fuera del útero. Son su casa y, por extensión, la mía.
   Vuelvo a mirarme en el espejo y me dejo recorrer por ese orgullo vibrante que también mana de mis pechos y se derrama por todo mi cuerpo. Acepto su aspecto distinto. No con contrición, ni resignada. Ahora me gustan más, a pesar de que probablemente no superarían ningún test de los que inventa la rueda de la publicidad, que nos vende raciones de bisturí como si de inocuos cosméticos se tratase.
   Me apresuro a ducharme, o llegaré tarde al trabajo. De repente oigo llorar a mi niña, pidiendo a gritos su teta. Pienso: “Total, diez minutos más... haré un poco más deprisa el camino.” Me seco rápidamente y corro junto a ella, a sumergirme en el abrazo de su pequeña boquita, de su alivio, de su amor. Rezumo leche, satisfacción, vida. Soy un cuerpo enamorado.

Minerva López