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miércoles, 4 de mayo de 2016

NO ES PAÍS PARA BEBÉS


Camino por las calles de mi ciudad y me asombro de los logros que poco a poco se han ido alcanzando, por parte de diversos colectivos con necesidades especiales, para hacerla más habitable: Las aceras tienen rebajes para permitir el acceso a sillas de ruedas; los pasos de cebra ahora son estriados y dejan un pequeño pasillo perpendicular para que las motos no resbalen en la pintura blanca los días de lluvia; los semáforos emiten señales acústicas para indicar el momento de cruzar a quienes no pueden ver la figurita verde; incluso, y de esto me he dado cuenta hace relativamente poco, los rebajes de las aceras llevan un tipo de baldosa diferente (coloreada y con un dibujo más marcado) cuando conducen a un paso de cebra, para dirigir a él a una persona que distinga el cambio de rugosidad con un bastón, o el cambio de tonalidad si su visión reducida le permite percibir colores.
Comprendo el trabajo que ha costado conseguir estos avances. Luchas que imagino desoídas al principio. Gente que se asocia, que se hace fuerte. Colectivos muy potentes reclamando lo que es suyo: la eliminación de barreras, la igualdad de derechos, la inclusión en todos los espacios públicos y de la sociedad. Me congratulo por ello, me alegra que las personas puedan tomar las riendas del espacio en el que viven, que su construcción se amolde a las demandas del factor humano y no al contrario, como suele ser habitual. Pero luego me detengo a pensar… ¿Y qué pasa con nosotras, las personas con hijas o hijos pequeños, que no estamos haciendo oír nuestras demandas? Es curioso, porque es esta una condición que afecta a un alto porcentaje de la población al menos una vez en la vida, pero llama la atención que, en muchos aspectos, nuestras ciudades parecen confabularse para darnos la espalda.
¿O es que nadie se ha encontrado haciendo equilibrios con un cochecito de bebé en aceras exiguas, pensadas para que solamente quepa un peatón? ¿Nadie se ha quedado con cara de póquer mirando ese símbolo de “prohibido carritos” en las rampas mecánicas que pretenden hacer más accesibles a todo el mundo las zonas de cuestas? ¿Nadie se ha sentido desolado buscando un plan alternativo a un parque infantil encharcado en un lluvioso día de invierno? ¡En una ciudad como la mía llueve una media de 180 días por año!
¿Cuándo nos hemos resignado a aceptar lo que hay? Y no me refiero a la tan traída conciliación entre familia y trabajo, que es un tema aparte y en el que queda tantísimo por hacer, pero del que al menos se habla y en el que se trata de avanzar (quizá no lo suficiente, quizá no de la manera correcta… pero esto es materia de otro artículo). No. Me refiero a lo que resulta invisible para esas políticas y es, sin embargo, el meollo mismo de la cuestión: la presencia de los más pequeños en el espacio habitado y en el día a día de la sociedad.
Parece ser que hemos admitido que solo existen un puñado de espacios destinados a ser ocupados por niños: la casa particular de cada uno, como es obvio; el colegio; los parques con columpios. En el resto de los lugares se les mirará con un cierto recelo, como pequeñas bombas de relojería, siempre amenazando con incordiar, hacer ruido y resultar molestos o directamente peligrosos: la playa, un bar, un restaurante, el mercado, la acera, no digamos el cine o cualquier acto cultural. Esto tiene ciertas consecuencias más o menos soterradas: que los niños se apartan directamente de la vida pública, que el espacio urbano se concibe desde una óptica eminentemente adulta y que, por extensión, las familias con hijos pequeños deben someterse a una especie de autorreclusión, al menos temporal, hasta que su progenie crezca, porque resultan ofensivos para la cadencia y las normas de ese espacio adultocéntrico y silencioso del que se pretende hacer norma.
Pues no. Me niego.
Yo no quiero sustraer a mis hijos su propia presencia en la vida pública. Más bien creo que la sociedad debería hacer una profunda reflexión sobre qué es lo normal y lo normativo, sobre qué estamos haciendo mal para que cada vez haya tasas de natalidad más bajas y mayor insatisfacción en las familias a la hora de conciliar su vida laboral, social y familiar. Deberíamos pensar las ciudades para todos sus habitantes. No solo para el adulto soltero, autosuficiente, bien remunerado, activo, egocéntrico y con prisas. También para la criatura que da sus primeros pasos en el mundo y no quiere tener que aprender en un libro lo que es vivir, moverse, relacionarse, conocer… ocupar su espacio vital, en definitiva. Con su idiosincrasia (a veces ruidosa, sí) y su propio ritmo.
Igual que otros colectivos con intereses comunes han luchado para que el medio urbano se acabe amoldando a ellos, y no a la inversa, creo que los padres y madres deberíamos unir nuestras fuerzas para que el hecho de criar también tenga cabida en la ciudad que estamos construyendo. Para que la maternidad/paternidad deje de ser un acontecimiento solitario, empujado a la esfera de lo privado, y vuelva a recuperar la luz de la calle, que nunca debió perder.


Minerva López



2 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo. La niñofobia es uno de los peores males de nuestra sociedad. Y que me decís de los vagones silenciosos que puso en marcha renfe hace poco o la última moda en muchos bares y restaurantes de no dejar entrar a niños que se suma a la larga lista de hoteles sin niños. Parece que las familias hemos interesamos poco

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  2. ¡Ya...! Desde luego que se valora poco a la infancia... Y luego pretenden apoyar la natalidad ofreciendo una ayuda de 400 € en el nacimiento...

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